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25 de abril de 2008

Samurai y Katana

SAMURAI

Voz japonesa que significa 'guardia'.
1. En el Japón feudal, militar perteneciente a la clase inferior de la nobleza que servía a un señor: los samuráis tienen un código de honor muy rígido.
2. En el Japón actual, oficial del ejército.

Los samuráis eran individuos pertenecientes a una clase inferior de la nobleza feudal japonesa, constituida por los militares que estaban al servicio de los daimyos. Antes del siglo XII aplicábase solamente a los soldados del palacio del Micado, pero no tardó en darse este nombre a todo el elemento militar por oposición al elemento popular (heimin). Los samuráis llegaron a ser famosos por su disciplina, su sentido del honor y su extraordinario dominio de las artes marciales.


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Armadura S. XVI

En el Japón feudal, la palabra samurai designó a una clase de guerreros japoneses, especialmente entrenados en la práctica de las artes marciales, que se hallaban vinculados a un señor de la corte imperial, quien los utilizaba como guardia personal, función que se refleja de manera clara en la etimología, pues el término primitivo fue saburai (de sabuna, 'estar al lado'), de donde derivó samurai, que literalmente significa 'guardia'. Con el tiempo, se aplicó esta denominación a todos los militares (bushi) de cierto rango que pertenecían a familias guerreras (buke), por oposición a las familias nobles (honke), y a partir del siglo XII fue adoptado por el gobierno militar de Kamakura como nombre oficial del Departamento de Guerra (Samuray-dokoro).

La clase de los bushi -cuyas técnicas se transmitían de padres a hijos y de maestro a discípulo- se desarrolló principalmente en las provincias del Norte de Japón, donde los propietarios de tierras (daimyos) debían defenderse de los ataques de los ainu. Formaron entonces poderosos clanes que se oponían, desde el siglo XII, a las familias nobles que giraban en torno a la familia imperial de Kioto. Dos de los clanes más poderosos fueron los Minamoto y los Taira, que compitieron entre sí por detentar el poder y, sobre todo, el control sobre el territorio -algo vital en un país en el que menos de un cuarto de la tierra es adecuado para la agricultura- durante la época Heian (794-1185).

Uno de estos señores feudales, Tokugawa Ieyasu, quien gobernaba la parte oriental de Japón desde su castillo en Edo (la actual Tokio), se alzó con la supremacía al derrotar al resto de los daimyos en la batalla de Sekigahara en 1600 y tres años después adoptó el título de sogún. El país se gobernaba a través de una serie de daimyos semiautónomos, cuyo número ascendía hasta casi trescientos, que a su vez controlaban sus feudos por medio de samuráis hereditarios. Se les conocía por dos nombres: samurai o caballeros y bushi o bujin, que eran los guerreros de clase baja. Fue durante esta época cuando la figura de estos guerreros-aristócratas experimentó su mayor auge, porque tras las terribles guerras domésticas que habían azotado el país se hizo necesario vigilar estrechamente la paz, labor que tenían encomendada. La consecuencia inmediata fue un clasismo brutal entre samuráis, que tenían derecho a llevar armas y apellido, y plebeyos (comerciantes, artesanos y campesinos), que no lo tenían por muy ricos que fueran.

Pero hubo, además, otros cambios. Con la paz, los guerreros se percataron de que toda su pericia militar no les servía para ganarse la vida, así que muchos de ellos tornaron espadas y lanzas por plumas y papel se dedicaron a labores administrativas (resulta sorprendente, de hecho, lo muy extendida que estaba la alfabetización a principios del siglo XVII). En la nueva sociedad en paz del siglo XVII, los samuráis podían cultivar de nuevo el arte de la espada (iaido), súmmun de las artes marciales, que habían tenido que abandonar en la segunda mitad del siglo XVI, cuando los portugueses introdujeron los mosquetes de mecha. En aquel momento fue cuando comenzaron las escuelas de artes marciales como medio de formación del carácter, pues no había guerras en las que demostrar las habilidades marciales.

Cuando Japón comenzó su viraje hacia Occidente en 1868, aquellos hombres que antaño consagraban su vida al arte de la guerra no tenían razón de existir. Los samuráis y su estilo de vida no fueron prohibidos, pero sí oficialmente abolidos a principios de 1870. El desmantelamiento de la clase samurái fue definitivo cuando, en 1876, perdieron el derecho a llevar sable y se vetaron los combates entre las familias nobles. La mayor parte de los samuráis no supieron hacer con éxito la transición a la nueva era y se perdieron en el anonimato. Hasta bien entrado el siglo XX se había preservado una historia de más de mil años, esencia del espíritu del pueblo nipón, pero el nuevo Japón exigía un cambio. Con todo, el carácter espiritual y ético permaneció en la mentalidad de la nación, a lo que contribuyeron sin duda algunas novelas como Musashi, películas y obras teatrales creadas para el teatro kabuki del siglo XVII, muchas de las cuales se seguían representando a principios del siglo XXI, que narran las gestas de los samuráis con gran realismo.


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Guerrero a caballo
Características del samurái

Los antiguos habitantes de Japón, los yayoi, desarrollaron durante siglos las armas, la armadura y el código samurái. Las primeras armas incluían arcos, flechas y espadas, las a posteriori famosas katanas. La armadura se componía de un casco para la cabeza y protecciones para la barbilla, el pecho y los hombros; con el tiempo aparecieron nuevos elementos para proteger las piernas, pues la armadura cambiaba según se introducían nuevas técnicas de combate: al principio se luchaba a pie en el suelo, pero cuando en el siglo V se introdujeron las caballerías se pasó al combate a caballo; asimismo, si en los primeros tiempos se enfatizaba en la lucha con arco, cuando los mongoles invadieron Japón a finales del siglo XIII, se dio prioridad a la espada, que permitía un mejor combate cuerpo a cuerpo y degollar luego al enemigo; más tarde se comenzó a utilizar la lanza, que podía ser usada para golpear, cortar o ensartar; a mediados del siglo XVI se introdujeron las armas de fuego portuguesas.

El código samurái se basó en su primer momento en el código chino que establecía las virtudes del guerrero, denominado Kyuba-no Michi (la Vía del caballo y del arco) y que luego dio lugar al código bushido (la Vía del guerrero), filosofía de vida del espíritu samurái. Éste se formó a partir de la unión de varios preceptos religiosos, entre los cuales fue especialmente importante la veneración a las fuerzas de la Naturaleza que preconizaba el sintoísmo. El fin de todo guerrero era llegar a la absoluta claridad mental y física (sumi-kiri) y ser un todo con el Universo, lo cual sólo se conseguía mediante un larguísimo adiestramiento mental y físico. La parte psíquica llegaba a través de la meditación zen, mientras que la corporal era resultado del entrenamiento constante en la práctica de las artes marciales, el tiro con arco, la esgrima y la equitación; a éstas se sumaba un conjunto de normas de etiqueta y de comportamiento que regía todos los actos del samurái. La lealtad de éste al emperador o a su señor (daimyo) era incuestionable. Los samuráis habían eliminado el sentido de posesión de sus mentes; vivían de manera frugal, con absoluto desprecio por las cosas materiales, pues no les interesaba más que su honor y su orgullo. Un samurái era retribuido por sus servicios con alojamiento y comida, jamás con dinero, pues además de mancillar al poseedor, provocaba en éste la preocupación de perderlo (es más, este rasgo subsiste todavía entre muchos maestros de artes marciales -sensei-, que imparten su docencia de forma gratuita).

Los samuráis estaban en lo alto de la jerarquía estamental japonesa. Su posición social les concedía incluso el derecho sobre la vida y la muerte de cualquiera que les faltase al respeto (Kirisute Gomen, literalmente 'abatir y abandonar'), pues estaban convencidos de que el pueblo bajo olvidaría fácilmente sus deberes en aras de una vida muelle si se le presentaba la oportunidad de hacerlo, razón que explica la constante vigilancia que a que era sometido el campesinado por parte de los samuráis. Por otra parte, castigar a los delincuentes sin someterlos a la ley era una práctica samurái firmemente establecida.

El samurái encaminaba su vida a ser el mejor en el Arte de la Guerra y, como guerrero que era, un samurái no tenía miedo a morir. Sin embargo, la muerte debía tener lugar en determinadas circunstancias. Una muerte heroica en, por ejemplo, una gran batalla, traería el orgullo sobre su nombre y sobre su familia durante generaciones, pero convertir un agravio personal en un combate era tomado como una demostración de poder y, por tanto, una cobardía. Durante la batalla, los samuráis preferían luchar con un solo adversario, siempre de sus mismas características. Antes de entrar en combate invocaban el nombre de su familia, de su señor, su rango y sus triunfos. Cuando habían dado muerte a su enemigo cortaban su cabeza y se la llevaban como prueba de su triunfo. Las cabezas de los generales y los oficiales de rango superior eran transportadas hasta la capital. Si un samurái era vencido o hecho prisionero no había más que un camino, el harakiri o suicidio ritual.


Batalla sobre el río Uji-Kawa (1180)

KATANA

La katana es el sable de combate de los samuráis, al que consideraban como su propia alma. En la katana residía el espíritu del samurái, quien la hacía garante de su propia integridad, lo que no deja de resultar paradójico en un mundo en el que el samurái tenía poder sobre la vida de otros hombres. Un samurái cuidaba su katana casi más que a sí mismo, le daba un nombre y nunca permitía que volviese a su vaina sucia de sangre, lo que le causaría manchas de orín y herrumbre. Por otra parte, el acto de desenvainar era medido cuidadosamente, pues una vez que la espada estaba fuera de su funda la tradición exigía mancharla de sangre. Claro exponente de la importancia de esta acción es que dió origen a un arte marcial, el iaido. Muy ilustrativos de cuál era la relación que el samurái debía establecer con su arma son los siguientes versos del maestro Ueshiba Morihei, fundador del aikido:

"Clara como el cristal,
aguda y brillante,
la espada sagrada
no admite sitio
para alojar el mal".

La austera katana fue en un primer momento una recia espada de hierro importada de la península coreana o de China, pero con el tiempo, hacia el siglo IX, se fue depurando en un sable más ligero y afilado. La espada japonesa se compone de hoja y empuñadura (tsuka) y a veces llevaba una guarda (tsuba) bellamente decorada en oro y plata. La hoja estaba hecha de hierro combinado con carbono y tenía un núcleo de acero más blando que le confería una inusitada flexibilidad; se componía de filo, punta, parte posterior y shinogi (un acanalamiento longitudinal situado entre el filo y la parte posterior), partes éstas que tenían funciones diferentes en el combate.

Considerada uno de los tres tesoros simbólicos del país (los otros dos son un espejo y una joya), la katana tenía carácter sagrado, pues había sido forjada delante de un altar shinto por un sacerdote vestido de blanco -para simbolizar la purificación- que estaba imbuido de un conocimiento divino y asistido por los espíritus (kami en japonés). Tras los ritos purificadores que clarificaban su mente, el forjador comenzaba su trabajo, para el cual utilizaba fuego, agua, un yunque y un martillo. El lingote de hierro primigenio era dividido en dos y en él se iban insertando piezas de metal de distinta dureza. Esta mezcla se batía para hacerla homogénea y luego se le daba la forma, más o menos curva. La hoja se calentaba al rojo varias veces y se templaba en agua con sal, mientras que el filo (sólo uno), cuyo templado era distinto, se protegía con arcilla. Después, la hoja se llevaba al pulidor y, finalmente, había que comprobar si estaba bien afilada, lo cual se hacía en el cuerpo de los condenados a muerte, primero en los huesos pequeños y luego en los grandes. El resultado de esta prueba se escribía en el nakago, una pequeña pieza que unía la empuñadura con la hoja. Los secretos de esta ciencia cuasi sacra se transmitían de padres a hijos y constituían parte del misterio de la extraordinaria calidad de estas armas.

El edicto de Hideyoshi otorgó a los samuráis el derecho a llevar dos espadas, el conjunto de las cuales recibía el nombre de daisho ('grande y pequeña') y era un símbolo de la posición social y el espíritu combatiente del samurái. La hoja de la espada larga, katana o daito, medía más de 61 cm, mientras que la del sable corto, wakizashi o shoto variaba entre los 31 y los 61 cm. Se llevaban colgando del del obi (cinturón), siempre con el lado cortante hacia arriba.

Cuando un samurái entraba en casa de algún amigo, debía despojarse de su katana, que colocaba sobre un soporte especial (katana-kake), pero podía conservar su wakizashi; en presencia del emperador o shogun debía despojarse de las dos espadas y dejarlas a la entrada de la sala de audiencias. Los hijos de los bushi llevaban también una especie de katana más pequeña, llamada mamorigatana ('sable de protección'). Las mujeres de los bushi o samuráis llevaban un pequeño puñal sin guarda, denominado kaiken, que podía ser escondido fácilmente entre los pliegues del kimono. Les servía para defenderse y, en casos extremos, para abrirse la garganta y suicidarse.

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